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Oscar Marcano: «Nuestra condición de país petrolero nos hizo volvernos al mundo y olvidarnos por completo de nuestra tradición»

Trece años le ha costado al escritor Óscar Marcano (Venezuela, 1958), quien se diera a conocer en el ámbito literario en 1999, con su libro de relatos ‘Solo quiero que amanezca’, dar por concluida su segunda novela, ‘Los inmateriales’ (Pretextos, 2020), una suerte de ensoñación fantasiosa, mezcla de intriga literaria y fresco de una ciudad y un mundo (el París de mediados de los 80s) en pleno proceso de cambio.

Escribía Esther Ferrer el 16 de mayo de 1985 en el diario El País que «el sueño se desvanece y conviene ser realistas. La tecnología invade cada vez con más fuerza el terreno de lo cotidiano; se producen cambios incluso en la percepción del tiempo y el espacio impensables hace tan sólo 40 años. Resulta difícil -dada la rapidez del cambio- calibrar la dimensión inmediata y futura de todas estas transformaciones, medir sus efectos». Se refería a la exposición Los inmateriales, en el Centro de Creación Industrial, del Centro Pompidou de París, comisariada por Thierry Chaput y el filósofo Jean-François Lyotard y que es la base (inmaterial) o marco interpretativo desde el que se enuncia esta historia; pero también temporal, pues es en ese año cuando arranca esta novela río. En la propia novela se nos explica de esta forma: «Por efecto de la tecnología el modelo de la materia estaba siendo sustituido por el del lenguaje». Y eso es Los inmateriales: un sentido canto fúnebre al modernismo literario (y vital).

Los inmateriales es un libro dividido en siete capítulos que sigue la estructura clásica del myse en abime (o narración dentro de otra narración) en la cual nos enfrentamos a dos manuscritos: de un lado, la primera parte de la novela, situada en París, que nos cuenta la bildungsroman, o novela de formación, del joven poeta venezolano (a quien su mejor amigo parisino, Thierry, llama «Mundo») en pleno proceso de crisis creativa y recién llegado a la ciudad de las luces y, de otro lado, la segunda parte, donde aparece el libro manuscrito («Cartas a Jo Jo») de un extraño pintor venezolano desconocido -y ya muerto- que caerá en las manos del joven poeta protagonista del primer relato y que abrirá la parte final del texto, donde se produce un proceso de investigación vilamatiana, ya de vuelta en Venezuela, tiempo después de sus peripecias parisinas. Ambos manuscritos e historias mantienen un esqueleto semejante, como nos cuenta Óscar Marcano, vía correo electrónico, al estilo de la autosimilitud de los fractales. Y no es baladí la mención, pues, al igual que las canciones de jazz que pueblan todo el texto (y al que son muy aficionados tanto el protagonista como su amigo Thierry), los dos manuscritos se abren y se cierran con una misma melodía de sentido o tema que, durante el grueso de la narración (e igual que sucede con las improvisaciones del jazz) deriva o se bifurca en múltiples pequeñas historias subjetivas, guiadas por un entusiasmo estético (de raíz kantiana; esto es, mezcla de tristeza y alegría). 

Decía Benoît Mandelbrot, como nos recuerda Marcano, que son estas «formas que nos anteceden y que cuando nos eximimos de imponer nuestra visión, surgen como patrones naturales». Y aquí está la clave de Los inmateriales: el sueño. Dos historias que son reflejo la una de la otra y que se relacionan a través de lazos secretos (de naturaleza irracional). A su vez, dentro de cada una de las historias hay dos planos más paralelos y que, por momentos, colisionan: el de la realidad vivida frente a la realidad soñada. Es precisamente de aquí desde donde surge la distancia emocional que permite una lectura postirónica, de los protagonistas en tanto que personajes arquetípicos (símbolos, imágenes y fantasías que sirven de correlato para diferentes ideas sobre el mundo). Pues toda ella, al igual que la exposición de Lyotard, trata de evidencia el trayecto del cuerpo al lenguaje. Y, ello, compartiéndonos «una sensación de espanto sobre lo que sería el futuro» (que es ya, para nosotros, nuestro pasado inmediato). Oscar Marcano: «Nuestra condición de país petrolero nos hizo volvernos al mundo y olvidarnos por completo de nuestra tradición»

Imagen cedida por el autor.

París sigue siendo una fiesta

«Lo que buscas es lo que esperas; ergo, de algún modo lo conoces porque lo prefiguras. Lo que encuentras es lo que importa porque no lo buscabas y la contingencia te lo pone delante», nos dice Marcano, refiriéndose a la idea que se repite constantemente en la novela de que «en París no se encuentra lo que se busca sino lo que no». Y dos son los disparadores para este azar: el sentido del olfato, del que Marcano destaca «sus funciones sensuales, su ceremonial para el deleite», y la fascinación por los clochards. Nos cuenta Marcano que, de pequeño, «todos daban por sentado que yo iba a ser piloto de avión por mis padres: ambos trabajaban en una línea aérea y yo viajaba a menudo en las cabinas de las aeronaves. Tenía sentido. Me gustaba y no podía negarlo. Pero lo que en realidad me causaba fascinación y quería remedar, era la vida de los mendigos. Esos caballeros que vagaban sin rumbo, sin apego. Yo veía que no tenían cosas, pero tenían algo. Y ese algo atraía mucho mi atención. A mí me parecían sabios, filósofos de la vida». Así, Los inmateriales, gusta de las fábulas morales y es una fiesta de embelesos olfativos (a veces un poco paradójicos, pues el narrador protagonista está loco por el olor de los pies femeninos).

«París, al menos en mi caso representa menos un lugar que un estado. Algo más cercano a un tempo, a una manera de transcurrir, a una forma de memoria que resuena en ecos. París pudiera ser un aroma al que vuelvo como un sabueso cuando puedo y, cuando no, viene entonces y me sale al encuentro», nos dice Marcano.

La orfandad, la tradición y la patria

Si en su anterior novela, Puntos de sutura (Seix Barral, 2007), Óscar Marcano investigaba las formas de la orfandad, en el sentido de hacer frente al silencio propio y las maneras de tratar de entender y escuchar el silencio de los otros, gracias al personaje de Alfonso Gabbani, un artista y padre frustrado, quien hubo de abandonar a su hijo. Aquí se produce una exploración de índole similar gracias a la relación entre el protagonista y una niña muda, Mirabelle, a la que éste hace de canguro. Entre ellos se establece una fuerte relación fraternal, que provoca que la niña finalmente hable (y esto se constituye en el verdadero leitmotiv de la estancia del protagonista en la ciudad, quien hasta ahora había estado deambulando por ella sin rumbo).

Así explica el propio Marcano el asunto del desamparo: «Llegada la hora, ¿qué nos queda? Al acabar nuestras vidas, ¿qué nos vamos a llevar? ¿No dice Borges que nadie pierde sino lo que no tiene y no ha tenido nunca? Yo creo que si diésemos más importancia a ciertas cosas, trabajaríamos, como indica Yalāl ad-Dīn Muhammad Rūmī, en el mundo invisible al menos tan duro como lo hacemos en el visible». Esto es precisamente lo que aprenderá el protagonista de Los inmateriales: que hay ciertas cosas que es mejor que queden ocultas, apartadas, fuera de foco.Oscar Marcano: «Nuestra condición de país petrolero nos hizo volvernos al mundo y olvidarnos por completo de nuestra tradición» 2

Foto: Manuel Reverón | Cedida por el autor.

Preguntado sobre la tradición literaria venezolana y la relación de Los inmateriales con esta, nos cuenta Marcano que «nuestra condición de país petrolero nos hizo volvernos al mundo y olvidarnos por completo de nuestra tradición. Al punto de llegar a la autofagia. El cosmopolitismo, la universalidad nos sedujeron y nos hicimos frívolos. La mayoría de las veces, negando lo obvio: nuestra venezolanidad. Por eso agradezco tanto a los argentinos el hecho de que, en 1999, cuando viajé a Buenos Aires a recibir el premio Borges, me hicieran entender a cabalidad todo lo venezolano que era, con preguntas muy sencillas: ¿Qué pasó en tu país desde Andrés Bello hasta Rómulo Gallegos? ¿Tiene peso Ramos Sucre en el trabajo de los escritores venezolanos? ¿Y de Gallegos para acá, qué? ¿Ha dejado huella la obra de Adriano González León, de Salvador Garmendia, de José Balza? Yo llegué a Buenos Aires transpirando globalización y la realidad se ocupó de estamparme los ajustes pertinentes. Lo que quiero decir es que a los venezolanos nos cuesta asimilar que nuestra tradición es nuestra huella dactilar. Y como tal, tiene un alto grado de consanguinidad con la literatura latinoamericana y la hispana». En este sentido, y como apunta el propio autor, en la novela se dejan sentir Rómulo Gallegos y Uslar Pietri. Pero también hay señales de Lorca y de Max Aub, en particular de su magistral creación, el pintor cubista Jusep Torres Campalans, mezcla de realidad y ficción.

Lo visible es tan real como lo invisible 

Sin querer revelar demasiado a los eventuales lectores de Los inmateriales la trama de la parte final de esta novela, sí se ha de remarcar, sin embargo, la aparición, gracias al descubrimiento del segundo manuscrito (y de su autor: un desconocido pintor venezolano llamado Hugo, muerto en 1933), de la sociedad secreta de los artistas Apócrifos (reverso de la materialidad del primer manuscrito). Se trata de un grupo de autores anónimos (en la acepción griega de apócrifo: apó, lejos, y kryptein, oculto: que no han sido incluidos en el canon). Nos dice de ellos Marcano: «La inmaterialidad de los Apócrifos alude a la necesidad de poner una carga explosiva a la figura del «yo», mas no a la obra. En tal sentido, pudiera parecer contraria al hacer de Bartleby, de Walser, de Rulfo, Duchamp, etc., como artistas del No. Pero la voladura es la misma: cada cual, a su manera, trata de apartar el brillo y de ceñirse a lo que considera esencial. En el caso de los Apócrifos y de Hugo, borrándose como autores. Ejerciendo un mutismo que, para ellos representaba un avance en la dura lucha contra el ego, en la preservación del olvido, al que consideraban la más perfecta expresión de la belleza».

Publicado originalmente el 18 de mayo de 2021 en The Objective.

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