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Colapsología, el poder de los detalles

Durante los últimos años estamos asistiendo a múltiples crisis interconectadas: ecológicas, energéticas, demográficas, financieras, de salud pública, etc. Sobre sus consecuencias tenemos sospechas e intuiciones, pero no certezas. El ingeniero agrónomo y doctor en Biología, Pablo Servigne, y el investigador y especialista en transición ecológica Raphäel Stevens aclaran y fijan nuestros miedos en Colapsología (Arpa, 2020), analizando los estudios científicos que han mostrado la posibilidad real de un colapso.

No se trata del apocalipsis, ni del fin del mundo, pero sí de un proceso irreversible a gran escala. Puede durar años, décadas o siglos. Lo que sí sabemos es que constituimos la última generación que puede hacer algo al respecto, pasando a la acción: desde la perspectiva del cuidado de las personas y de la Tierra.  Eso es lo que nos trata de explicar la colapsología, un movimiento (más que una ciencia) promovido e ideado por los teóricos franceses Pablo Servigne y Raphaël Stevens, pertenecientes al Instituto Momentum, un laboratorio de ideas francés, fundado en 2011 por un grupo de personalidades (políticos, periodistas, ecologistas, ingenieros, urbanistas, economistas y sociólogos) en torno a la periodista medioambiental Agnès Sinaï. Se trata de un think tank sobre los temas de la sociedad industrial y el decrecimiento solidario en respuesta al impacto social del colapso, que promueve seminarios y publicaciones, organiza conferencias y debates y produce estudios e informes que sirvan para promover la implementación concreta de las ideas desarrolladas dentro del Instituto.

Según Servigne y Stevens existen dos grandes grupos de causas para que un sistema colapse: las endógenas (generadas por la propia sociedad) y las exógenas (asociadas a eventos catastróficos extremos). Nuestra sociedad estaría provocando su ruina por sus propios medios: degradaciones medioambientales, cambios climáticos y fallos sociopolíticos habrán de conducir a nuestro sistema al desmayo, opinan los autores. Se ha de puntualizar que lo que se nos viene encima no es una crisis (pues las crisis mantienen siempre la esperanza de volver a un “estado normal” y, paradójicamente, nos comunican una sensación de continuidad). Lo que se viene “es una situación inextricable, irreversible y compleja para la cual no hay solución, sino medidas que tomar con tal de adaptarse”, escriben los autores. De cualquier forma, nos advierten también, todas las civilizaciones que nos han precedido han sido víctimas de declives y colapsos. Y, a fin de cuentas, “nada es realmente estable ni se encuentra en equilibrio”. Todos los sistemas pasan por ciclos de cuatro fases: una fase de decrecimiento, conservación, colapso o “distensión” y una rápida fase de reorganización que conduce a otra de crecimiento, y así sucesivamente. Por lo que la situación que tenemos al frente es grave, pero no excepcional (aunque sí sumamente incierta).

Ante la incertidumbre, imaginación

El colapso, según el físico y analista David Korowicz, puede seguir tres trayectorias: una decadencia lineal (progresiva y controlada), fluctuante (con picos de recuperación y recesión, pero con una tendencia general a la baja) y un colapso sistémico (una suma de efectos terribles y combinados, de magnitud difícil de prever). Todo indica que nosotros vamos hacia esta tercera opción, porque estamos alcanzando unos límites que no permiten seguir con la trayectoria de crecimiento continuo, dado que nuestra sociedad está llegando a un punto en el que no puede mantener sus condiciones de supervivencia. Vamos hacia un escenario de fenómenos climáticos extremos, episodios de escasez alimentaria y desplazamientos de población. Pero antes esta amenaza, los autores son optimistas y lo corroboran con los hechos históricos, pues, como dicen: “Por raro que suene, la imagen de un ser humano egoísta y enloquecido en tiempos de catástrofe no se corrobora para nada con los hechos”. Así, en momentos de fatalidad, los seres humanos mantienen la calma, se ayudan mutuamente y se organizan. Ya que, ante todo, los individuos buscan seguridad.

Prepararse para una catástrofe significa establecer vínculos con los demás. Es urgente, nos dicen los autores, construir un tejido social sólido y vivo, para instaurar un clima de confianza. Se habrá de situar la batalla de la colapsología en el terreno de lo imaginario y el storytelling. Pues de los relatos nacen las identidades colectivas, que forman así comunidades de destino. Los autores lo resumen así: “Para conseguir una visión positiva del futuro se requiere una buena dosis de voluntad, una pizca de audacia y una gota de ingenuidad”.  Porque, sentencian: “El poder de la imaginación se encuentra en los detalles”.

*Publicado originalmente el 16 de junio en Revista El Duende.

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